“Impunidad”, la misma dolorosa película de siempre en Colombia

El reproductor de video ha parado. Una hora veinticinco (1:25) dura “Impunity”, la última película de Hollman Morris y Juan José Lozano, que nos muestra cómo va el capítulo de la guerra que algunos llaman “Paramilitar” y que en últimas es la guerra del Estado y sus “dueños” contra los pobres en Colombia.

Uno termina con el corazón arrugado, los ojos más que aguados, con la sensación de vacío más gigante que se pueda tener. Seguro algunos dirán que esa no es la Colombia en la que ellos viven; y yo reconozco que sí, pero ya casi sin ganas de seguir insistiendo me asusto de estar haciendo una vida bonita en medio de una sociedad enferma que aún, ni siquiera eso, ha reconocido su enfermedad, sus horrores.

 

Aquí se puede bajar (hasta que alguien diga lo contrario) el documental largo (con locución en Francés) que se anda paseando por las salas del mundo, y conmueve, y derrumba, o incomoda y emputa, pero que sólo es la radiografía de una de las impunidades de Colombia. Una. La más grave. La más honda. La última. Un proceso de paz fallido, corrupto, lleno de engaños, hecho como lo hacen los hombres del hampa: a punta de traiciones.

Colombia es un madre llorando desconsolada contra un vidrio transparente que todos observamos con cara de indiferencia. Colombia es un dolor profundo que la divina providencia nos mandó a punta de machete, motosierra y fusil, porque nos quiere mucho. Colombia es la excelencia en la ciencia forense, porque los escritores de CSI no se imaginan las historias que las madres de sus hijos, las esposas de sus esposos, los hijos de sus padres, los padres de sus hijos desconocen, y que todos los asesinos que se hacían pasar de noche como ganaderos o empresarios o políticos han sabido ocultar, descuartizar, quemar, desplazar, matar y contramatar.

Yo no creo mucho en zombis. Incluso me parece una idea estúpida del mundo moderno, de esos que no van a cine a ver historias reales porque para eso ven noticias o bajan las ventanas polarizadas del carro y se inventan que los muertos resucitan y comen cerebros, todo para no hablar de las guerras mundiales, de las violaciones en las montañas del trópico, de las masacres a punta de tambores y gritos de muertos y masacradores.

Pero muy bien pregunta la seño, la madre que llora a su hijo/hermano/yerno/amigo/esposo/amante/vecino cuando después de tantos años, y de ser una de las pocas afortunadas porque a alguien se le conmovió el corazón y sapió una fosa y encontraron un cuerpo que concuerda con un ADN que ella buscaba y que se lo entregaron en una caja más grande que la bóveda: ¿pero queda seguro?El sepulturero le responde que eso va con tornillos, que hay seguridad las 24 /7.

Pero ella está en lo cierto. Colombia tiene policía, que también se alió para matar y torturar, y es en este país en que vivimos, que se merece de una vez por todas, y no es por demeritar a Morris y a Lozano, una película de zombis. Que los cientos de muertos que hay escondidos en el suelo de esta tierra, se levanten de una vez y para siempre, y vayan por los cerebros de los mal-paridos, y que se coman la vida de sus victimarios, que se traguen el alma de cada colombiano que no ha hecho lo suficiente para pactar una vida feliz y tranquila con sus semejantes.

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