Medellín se ha jactado durante años de ser la ciudad rockera de Colombia, de tener uno de los festivales más solidos de música del país, de tener bandas por montones, de tener un público que exige y conoce sobre música, pero también un público desagradecido con el trabajo de las bandas. Todo por la mala educación a la que lo sometieron los entes gubernamentales.

Por allá en el dos mil tres, cuando contábamos con una escena en reconstrucción, el pool de bandas se estaba renovando, había una emisora que ponía los grupos de la ciudad, los canales de televisión se estaban preocupando por poner videoclips de muchas agrupaciones locales y la gente estaba metiéndose la mano al bolsillo para apoyar a la banda de sus amigos o de esos chicos que cantaban lo que ellos sentían y los hacían identificarse.

El rock seguía siendo esa rebeldía, ese estar en contra del gobierno, vivir lejos de las reglas, de la imagen, de la belleza, hasta que en el dos mil cuatro, cuando de la nada surgió un evento llamado Altavoz, que basado en otro festival más tradicional llamado Undergrano, en el cual con una bolsa de grano hacías parte de un concierto con buenas bandas, todo cambió.

Cambió, porque la alcaldía, esa a la que muchos le cantaban por opresora, por no pensar en los jóvenes, se tomó la palabra, la vocería y alzó la voz por todos esos jóvenes de la ciudad, dándole un status más alto a la escena de rock de la ciudad, pero degradándola a su mínima expresión.

La imagen se empezó a hacer fuerte en el pensamiento de las bandas, la puesta en escena, las grabaciones, la calidad de la música subió, las bandas se multiplicaron, la emisora que ponía la música de la ciudad desapareció y tocó recurrir a medios en internet y una que otra emisora universitaria que de vez en cuando sonara una que otra banda local, el público empezó a hacer masiva su visita al festival y a exigir bandas de calidad en este, pero eso sí, la escena, pese a todo ese crecimiento, perdió todo un camino andado.

El camino, se llamaba independencia, muchas agrupaciones la estaban logrando, estaban demostrando que no era necesario tener grandes disqueras apoyándolos, sino que con sus discos prensados con las uñas, sus camisetas estampadas en la pieza de la hermanita y conciertos en bares como Seven Eleven, Templo Antonia y otros, que se llenaban para verlos tocar, podían seguir trabajándole a eso que les gustaba, hacer música. Pero con la llegada de Altavoz, el camino se empezó a retroceder.

El público de esa ciudad, que dice saber, que dice apoyar, se olvidó de sus músicos, se olvidó de sus bandas, no volvió a los conciertos, solo anhelando el festival, es más, el festival ya no se hizo ni por grano, ni por útiles escolares o libros, como en su segunda y tercera versión, no, se hizo gratuito y ya no le costaba ni un poco a sus asistentes. Las bandas empezaron a hablar de rencores, de roscas, a tirarse puyas unas a otras, del medio desaparecieron festivales como el Toke Koala, las Eliminatorias Punk, el Undergrano, Metalmedallo, las bandas dejaron de hacer sus conciertos con tanta frecuencia a como se hacían en el pasado, los bares empezaron a cerrar sus puertas, todo cayó.

A Altavoz le debemos que hoy en día ya no vienen bandas grandes a la ciudad (nunca vinieron igual pero había gente que estaba haciendo esfuerzos para traer bandas porque el público se estaba moviendo), que los que se esforzaban por traer bandas antes ya no lo hacen por las perdidas que han representado para ellos como promotores que de por si, han sido inmensas.

A Altavoz le debemos que hoy en día a nuestro público le duela meterse la mano al bolsillo para pagar diez mil pesos para ver a diez bandas tocar en una tarde de sábado.

Hay que agradecerle a Altavoz que le ha dado un tope de calidad a la música de la ciudad, que ha llevado a varias bandas a cruzar las fronteras del país, que ha traído bandas muy buenas que tal vez nunca nos habríamos imaginado ver en la ciudad.

Pero sobre todo hay que agradecerle a Altavoz, porque fue capaz de matar de un letal tiro en la frente a una escena, fue capaz de acabar con un movimiento que se estaba renovando para cuando surgió y que ha ido moviéndose de generación en generación y le ha enseñado a los más jóvenes que hoy en día no se paga por ver a una banda.

Igual, ojala algún día volvamos a tener gente en los conciertos pagos, que se vuelvan a ver promotores tratando de traer bandas extranjeras que les representan un gasto pero un placer para muchos seguidores que llevan esperándolas, ojala algún día volvamos a ser esa ciudad rockera, orgullosa, independiente, que no espera a que una alcaldía les haga un festival para llenar un recinto y que tiene un público que apoya sin importar nada.

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