Soy hipster y veo a Woody Allen

La verdad yo no soy hipster: no.

Yo no soy de las que usan gafas de pasta, ni de las que usan peinados a la antigua, ni ropa de segunda o de estilo vintage, como si la abuela le hubiera regalado a uno su guardarropas de 1950. La verdad compro mi ropa en cualquier tienda, me visto como todo el mundo y recibo el sol, para no parecer una enferma que solo se alimenta de sus propias depresiones. Aunque, como los hipsters de hoy, padezco de una segunda adolescencia, me resisto a crecer y estoy convencida que los treinta son los nuevos veinte. Pero tampoco gusto de ir a esos bares, donde los llamados hispters van, y donde el resto del mundo normal no va. Sobre todo porque si lo hiciera, me llamarían hipster de una vez solo por querer ser diferente cuando se está siendo igual a todo el mundo, haciendo filas para entrar a ese lugar y agitar la cabeza levemente con los ojos entrecerrados con una cerveza en la mano y un cigarrillo en la otra, y de vez en cuando quitándose las gafas oscuras para ver un poco de luz.

Los hipsters usan una moda, una actitud, andando en grupos como desadaptados incomprendidos protegiéndose de cualquier agresión del mundo que no los entiende. Los hipsters sí, son pseudo-intelectuales, que citan a Derridá en sus conversaciones, escuchan Jazz original de los negros, y ven películas de autor, a veces de cualquier autor; algunas veces, solo unas veces, se pasan de extraños y de verdad ven algo interesante. A veces usan también barbas o bigotes como de galanes de novelas de los 80, aunque crean que es de macho sexy de serie setentera. Creen que están descubriendo el mundo, inventando una nueva forma de ser, exclusiva además, cuando a todos esos intelectuales famosos se hicieron famosos fue en las universidades (desde el postmodernismo, chicos, no se hagan ilusiones) y Ella Fitzgerald y Louis Armstrong, por decir algunos nombres, ya murieron y están inmortalizados en su música hace décadas, (sólo que ustedes chicos buscando su identidad pasaron primero por el merengue o el pop y no habían podido descubrir melodiosas voces llenas de tristeza, es decir, música de verdad).

Aunque la nueva ola de hipsters también son los que ahora escuchan rock indie, comparten su música en Drop Box y tienen algo de geeks. Son geeks chéveres, usan programas de diseño, montan sus fotos en Flickr con efectos de fotografias antiguas o cargan una lomo en su cuello jugando a ser cool e interesantes. Usan camisetas compradas en Amazon, pero no se engañen, aún pueden tener las gafas de pasta. Estos tienen un blog, pero solo para sus amigos, donde hablan de sus gatos o de música o tal vez escriben cuentos incomprensibles que pueden ser escenas de películas, o simplemente historias de las borracheras a punta de un cigarrillo fumado hasta los dedos. También citan a intelectuales, solo que intelectuales de la era de internet.

¡Oh! Los hipsters geeks tan adelante en la tecnología, tan atrasados descubriendo el mundo real.

No, no. Los hipsters de ahora no son como Jack Keruac o como algún otro poeta de la generación beat. No van al lado del camino, porque tienen que ir a la universidad y eventualmente quitarse sus ropas de segunda y vestir para ir a una oficina.

Los hipsters también van al cine. Muchos irán a un cineclub de zombies o pelis underground que proyectan en los países del primer mundo y que, claro, nunca llegan en las carteleras de cine “comercial” de nuestros países del sur. Y seguro la gran mayoría disfrutan ir al Multicine cercano a ver una peli taquillera de superhéroes y de vez en cuando, eso sí, una peli de autor; sí, como las de Woody Allen, para decir eventualmente, “a mí me gusta el cine no comercial”.

Entonces uno, o el hipster en cuestión, escoge la peli de turno que hay en cartelera de Woody Allen, y espera ver una obra maestra, porque claro, es Woody Allen. Pero no se mientan, Woody Allen no hace obras maestras; él solo hace lo que se le da la gana, porque hacer cine es como se hace el dinero. Así, escoge una ciudad bien hipster, París (donde todo tiempo pasado fue mejor) y usa la media noche llenándola de fantasía, la misma que por fantasear tanto a muchos no les gusta, pero que encanta en medio de su ligereza y sus chistes tontos y sus clichés en una ciudad que no puede ser menos que eso: puros clichés.

Y usa los personajes que menos mal no fueron hispters (sino estaríamos perdidos hoy con tanto genio tonto) Hemingway, TS Elliot, Man Ray, Picasso y se burla de ellos y los caracteriza en sus líneas mas clásicas y habla del amor y del escribir y de una París gris y mojada que cumple con todos los estándares de cualquier película que se haga en París.

No es una gran película: es solo una película. Una más sobre París, con el Sena y los cafecitos y el Louvre y las calles estrechas.

No hay que ser hipster para ver una peli de Woody Allen, (entre otas cosas porque puede ser tan comercial como cualquier otra cosa). Si aún no se ha visto la peli, y si aún la pasan en el cine cercano de películas comerciales, acérquese, haga un pacto de ficción, cómase sus palomitas de maíz gigantes, tómese una cocacola, que no tiene nada de malo llenarse de lo que se llenan las personas comunes y corrientes. Después déjese llevar por los mercados de segunda y antigüedades y las librerías hipster de París, mientras sus ojos se iluminan a 24 cuadros por segundo. Sea hipster, o sea simplemente algo. (Lo bueno del cine, es que casi nadie mira a nadie).

Si no quiere ir al cine, la peli, como todas las pelis hoy, sale pronto en DVD. Y si no es hipster y no gusta de Woody Allen, no importa. Dice Woody, que no hay que ser fanático sino de dos cosas seguras, las únicas, en la vida: la muerte y el sexo.

*** Nota al margen: aún la vida sexual de los hipsters no está definida. Me pregunto a que huelen sus axilas debajo de los blusones, que tanto porno ven en sus laptops o si sueñan con las orgias de Henri Miller.

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